Una compañera de trabajo de mi mejor amigo estaba casandose a medio día, cuando mi celular empezo a vibrar, era una invitación a salir, lo había encontrado en una página de internet, fueron dos o tres comentarios y de repente ya tenía una cita para tomar café un domingo en la tarde.
Me parecía extraño, ya que el hombre tenía en el perfil que radicaba en la ciudad de Monterrey, a lo cual le respondí preguntando que hacía aqui.
Una llamada rápida explicandome que el estaba estudiando en Monterrey, pero que estaba visitando a su familia, me saco de la duda.
Y ahí me tenían caminando por el centro en una tarde de domingo, una desesperanzada mujer que no esperaba absolutamente nada.
Al llegar al lugar -que era totalmente desconocido- me encontré a un hombre alto, sonriendo nerviosamente.
-¿Tú debes ser Andrea, verdad?-
Me sente frente a él y las conversación fluyo de la manera más natural que puedan imaginar,
pasaron horas, cuando el me dijo que partía a Monterrey al día siguiente y que era una lástima que no nos hubieramos contactado antes, supe que hablaba alemán y que estaba haciendo una maestría en filosofía, que amaba Metallica, que toda su ropa era igual, que creía firmemente que Homero Simpson era un buen modelo a seguir y que idolatraba a Milan Kundera.
El se fué, pero a los dos días me estaba llamando, y así fue como empezamos a salir.
Se instalo en Morelia nuevamente, saliamos al café, al bar, a perder el tiempo, así fueron más de 10 meses, en los cuales pasó de todo, durante ese tiempo supe más de él, corría, andaba en bicicleta, le encantaban los besos en la clavicula, comía tacos del mismo puesto, amaba su rutina, no sabía casi nada de mecánica, quería pasar todo un verano en Berlín, y siempre que saliamos a cualquier lugar pasaba hasta mi cuarto para besarnos, el cuarto fue sede de discusiones, risas, abrazos, sexo salvaje, comida rara, velas encendidas y musica de fondo.
Hasta que un día se termino, cada quién siguío su camino.
No me había enamorado, pero lo llegué a querer, su adiós ameritaba una botella de ron, algunas lágrimas y una cara desencajada unas semanas.
Lo encontré antes de partir de la ciudad, más cansado, pero mirandome de la misma manera que lo hizo cuando nos conocimos.

Y aquí el culpable... Con sus salchichas.
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